Homilía Dominical

Domingo 2° Ordinario

 

En este segundo domingo del tiempo ordinario la liturgia es una especie de eco de la fiesta del bautismo del Señor.  Ahora ya no es la voz del cielo que proclama a Jesús Hijo de Dios. 

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Domingo 3° de Adviento

 

El tiempo de adviento invita al gozo y la alegría.  El anuncio de la cercanía de Dios, de la realización de su Reino y de la venida de Jesús muestra que nuestra salvación está a la mano, se ha puesto al alcance, es fácil de lograr y experimentar, y eso causa gran alegría.  En este tercer domingo ese tono se hace especialmente intenso y apremiante.

 

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Domingo 1° de Adviento

 

Adviento es el tiempo litúrgico más bello, porque es el tiempo de la esperanza.  Adviento es el tiempo en el que la imaginación humana acerca del futuro queda superada por la promesa todavía más audaz del mismo Dios.  Adviento es el tiempo litúrgico en el que Dios nos invita a transgredir los límites del pronóstico humano para soñar los sueños de Dios para nosotros, con la certeza de que esos sueños son promesas.

 

Las personas nos proyectamos en el tiempo más allá del presente, hacia adelante y hacia atrás.  Vivimos el presente a partir de la capacidad que tenemos de imaginarnos el futuro.  Ciertamente hay personas que de hecho viven en el presente, olvidadizos del pasado y despreocupados del futuro.  Pero no valoramos a esas personas como ejemplares de humanidad.  Más bien admiramos a las personas que se proponen metas para sí mismas y dirigen sus acciones a lograrlas.  Imaginar el futuro, anticiparlo en las decisiones del presente y recordar un pasado con sentido es el signo de una vida responsable y consistente.

En adviento la liturgia de la Iglesia nos recuerda que el futuro al que podemos aspirar no es el futuro ideado por nuestra imaginación, sino el futuro que nos ofrece Dios para que nos apropiemos de él.  Es un futuro ideado para ser compartido por la humanidad; es también un futuro personal.  Pero miramos a nuestro alrededor, hacemos el recuento de la situación en que nos encontramos y nos desanimamos.  La violencia, la inseguridad, la pobreza, la falta de oportunidades, la corrupción, la insolidaridad nos agobian; la enfermedad, las calamidades naturales, la propia mortalidad nos hacen conscientes de nuestra limitación.  Los problemas parecen mayores que los recursos y las energías con que contamos para hacerles frente.  Pero el adviento es tiempo en que recordamos que Dios está con nosotros para alentarnos en los esfuerzos que realizamos.  Dios está con nosotros para suscitar en nuestras mentes la imagen del futuro que Él quiere para nosotros sus hijos amados.

Vengan, subamos al monte del Señor, a la casa del Dios de Jacob, nos invita hoy el profeta Isaías, para que él nos instruya en sus caminos y podamos marchar por sus sendas.  Es como si nos dijera: “No se desalienten ante las adversidades del presente; agucen su mirada para ver cómo Dios quiere para ustedes otra cosa que lo que ustedes mismos han sido capaces de crear y de formar”.  De las espadas forjarán arados y de las lanzas, podaderas; ya no alzará la espada pueblo contra pueblo, ya no se adiestrarán para la guerra.  No piensen ya más el futuro según los mezquinos cálculos humanos, sino confíense al poder creador de Dios.  El mismo salmo responsorial nos ha animado en este sentido: Vayamos con alegría al encuentro del Señor.  La palabra “paz” resume y condensa nuestros deseos y esperanzas, y el salmo nos ha enseñado a desearnos la paz: Por el amor que tengo a mis hermanos, voy a decir: “La paz esté contigo”.

¿Es acaso esta esperanza una ilusión?  ¿Podemos  proponer esta visión de futuro sin ser acusados de ser vendedores de sueños que nos aprovechamos de la ingenuidad de los crédulos?  ¿Podemos creer en un futuro que está más allá de las propias realizaciones humanas?  ¿No es acaso el presente de hoy el futuro por el que trabajaron las generaciones pasadas?  ¿No soñaron nuestros abuelos para sus nietos, que somos nosotros, algo mejor que el presente que ellos tenían?  ¿Y no comprobamos nosotros que junto con los logros alcanzados han aparecido otros males que ellos no conocían, que nos hacen creer que en muchas cosas estamos peor que aquel pasado que era el presente de ellos?  ¿Qué significa toda esta esperanza en el futuro a que nos llama el adviento?  ¿No será que mientras nosotros nos ilusionamos con la idea de que el futuro será mejor, las generaciones venideras se sentirán agobiadas también por un presente tan insatisfactorio como el nuestro?

Si permanecemos en el ámbito de las realidades históricas, si nuestro horizonte se cierra sobre el tiempo y la tierra de los hombres, nuestras proyecciones pueden ser meras ilusiones.  Pero el adviento quiere abrirnos los ojos a otra dimensión de la existencia.  Tras nuestro empeño por lograr un futuro mejor para las generaciones venideras, en nuestro esfuerzo por lograr mayor justicia y bienestar, en nuestra búsqueda de mejores condiciones de vida para todos, está latente la aspiración a una plenitud que no se puede lograr en la tierra.  Sabemos que estamos llamados a una plenitud de vida, de gozo y de felicidad, y cada esfuerzo por lograr un futuro mejor aquí, cada empeño y sacrificio por crear la paz, está sostenido por ese deseo y ese empuje interior, que Dios mismo enciende en nuestros corazones, de algo que está más allá de lo que nosotros mismos podemos construir.  El futuro de Dios hace posible y sostiene los esfuerzos por nuestros futuros humanos siempre limitados e incompletos.

Si es Dios mismo el que suscita en nosotros la esperanza hacia el futuro, entonces tomemos conciencia del futuro de Dios.  Si es Dios el que alumbra nuestro camino hacia mañana, caminemos con confianza iluminados por la Palabra de Dios.  La noche está avanzada y se acerca el día.  Desechemos, pues, las obras de las tinieblas y revistámonos con las armas de la luz.  Comportémonos honestamente, como se hace en pleno día.  La esperanza del futuro se transforma en coherencia moral en el presente.  Por eso la esperanza del cielo no es nunca alienación y fuga espiritual.  Ya es hora que se despierten del sueño, porque ahora nuestra salvación está más cerca que cuando empezamos a creer.  Nuestra salvación está más cerca, porque hemos conocido mejor a Cristo y su Evangelio; la salvación está más cerca, porque nos hemos dejado transformar por su Palabra; la salvación está más cerca, porque experimentamos su presencia salvadora en nuestras vidas.

El Señor Jesús nos enseñó a esperar su futura venida.  La venida de Cristo es el inicio de ese futuro que sobrepasa nuestra imaginación, pero que ilumina nuestra senda.  La venida de Cristo señala la realización del don de Dios en nosotros.  Jesús nos enseñó a estar preparados siempre y en todo lugar para acogerlo cuando llegara.  Velen, pues, y estén preparados, porque no saben qué día va a venir su Señor.  También ustedes estén preparados, porque a la hora que menos lo piensen, vendrá el Hijo del hombre.  No nos indicó la fecha de esa venida, porque quería que viviéramos cada momento de nuestra vida como si fuera el momento del encuentro con él.  De dos hombres que estén en el campo, uno será llevado y el otro será dejado, porque Dios conocerá el interior del corazón de cada uno, y no se confundirá por la mera apariencia exterior.  Dos hombres en el campo, dos mujeres en el molino pueden parecer iguales a quien ve sólo el exterior; pero Dios conoce los corazones y la conciencia y sabrá distinguir.  Vivir esperando la venida del Señor, es vivir con responsabilidad, es vivir nuestra vida con sentido religioso, como quien sabe que debe dar cuenta a Dios de todo lo que hace.  Pero vivir esperando la venida del Señor, es vivir con la convicción de que caminamos hacia una meta que no es obra nuestra, sino don de Dios.  Todos llevamos anhelos de cielo en el corazón. 

Queremos ser felices, queremos la paz, queremos que haya amor en el corazón y acogida mutua en la fraternidad, queremos que todos vivan la vida en plenitud y que la vida venza definitivamente la muerte.  Ese deseo es una llama que Dios mismo encendió en nuestro corazón.  Y en este tiempo de adviento el Señor nos asegura que Él lo cumplirá.  Ese deseo nos impulsa a comprometernos en tantas obras y tareas que buscan realizar la justicia, la paz, la solidaridad.  Esto es bueno y necesario.  Pero en adviento tomamos conciencia que esa realización plena que deseamos será en definitiva don de Dios.

DOMINGO 34° ORDINARIO
SOLEMNIDAD DE JESUCRISTO, REY DEL UNIVERSO


El Nuevo Testamento aplica el título de rey a Jesucristo. El título es de origen político y se refería, en tiempos de Jesús, a la persona que ostentaba el poder cimero en la sociedad y concentraba en sí la autoridad militar, legislativa, judicial, ejecutiva y a veces hasta la religiosa. En tiempos de Jesús, muchas corrientes del judaísmo esperaban a un rey enviado por Dios que traería finalmente la liberación del sometimiento a Roma. De hecho, el juicio ante el Sanedrín y la acusación ante Pilato que condujeron a Jesús a la muerte giraron en torno al alcance del título de “rey” aplicado a Jesús. Pero Jesús carecía de fuerza militar para hacer valer la pretensión en el ámbito político y nunca recurrió a la fuerza divina para prevalecer sobre sus adversarios. Jesús fue rey a través de la derrota humana de la cruz. El evangelista san Juan presenta la crucifixión de Jesús como una entronización real, lo que nos encamina hacia una comprensión del título desde nuevas categorías. En el libro del Apocalipsis, en numerosos pasajes, los personajes en escena aclaman a Jesús como rey, como rey de reyes y señor de señores, precisamente porque ha vencido sobre el mal y la muerte en la cruz. El título, aplicado a Jesús, exige explicaciones.

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DOMINGO 33° ORDINARIO


En este penúltimo domingo del tiempo ordinario, cuando ya estamos pró-ximos a iniciar el adviento, leemos un pasaje del evangelio que nos habla de la futura venida del Señor. También el adviento se abrirá con un anuncio similar. Pero ese acontecimiento salvífico que todavía esperamos, tiene diversos aspectos que cada pasaje de la Escritura y cada ocasión nos van revelando y nos van ofreciendo para nuestra meditación.

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