Homilía Dominical

Domingo 3° de Adviento

 

El tiempo de adviento invita al gozo y la alegría.  El anuncio de la cercanía de Dios, de la realización de su Reino y de la venida de Jesús muestra que nuestra salvación está a la mano, se ha puesto al alcance, es fácil de lograr y experimentar, y eso causa gran alegría.  En este tercer domingo ese tono se hace especialmente intenso y apremiante.

 

Jesús viene.  Lo dice la Biblia.  Jesús viene al final de los tiempos.  Pero algunos textos bíblicos presentan esa venida como algo inminente, algo que va a ocurrir dentro de poco.  Otros textos bíblicos sin embargo nos invitan a la paciencia y a la perseverancia, pues la venida todavía no se realizará.  Hoy nos decía Santiago en su carta: Aguarden también ustedes con paciencia y mantengan firme el ánimo, porque la venida del Señor está cerca.  ¿Qué significa esa cercanía que se retarda, esa inminencia que requiere paciencia?

 

A lo largo de toda la historia del cristianismo, los textos bíblicos que hablan de la próxima e inminente venida del Señor han dado tema a los predicadores del fin del mundo, que todavía hoy siguen anunciando e incluso poniendo fechas para la venida del Señor.  Los veinte siglos que han pasado desde que se escribieron esos textos sin que la venida se haya realizado del modo como esos predicadores se lo imaginan no son suficientes para convencerlos de que esas palabras no se pueden entender en sentido temporal y cronológico.  La inminente venida del Señor no se mide por semanas o días.  Si la próxima venida del Señor se midiera por semanas o por días los textos bíblicos se habrían demostrados errados y falsos, pues han pasado siglos desde que se escribieron.

La venida del Señor está cerca de otra manera.  La pregunta que Juan el Bautista mandó a Jesús nos descubre la respuesta.  Juan, ya encarcelado, oye hablar de Jesús, y manda a sus discípulos que le pregunten: ¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?  La pregunta no debe entenderse como una duda acerca de si Jesús era o no el Mesías que debía venir.  Juan lo había bautizado y había dado testimonio de él como el enviado de Dios.  La pregunta se entiende mejor de este otro modo.  Juan entendía la venida del Mesías de Dios bajo el aspecto del juicio y la condena.  Eso no lo veía él en Cristo.  Por eso manda a preguntar por los signos que lo acreditan como Mesías.  Jesús responde de manera tal que muestra que su venida no es de juicio, sino de acogida y misericordia.  Las profecías que mejor describen su venida no son las que anuncian el juicio de Dios sino las que anuncian la renovación del mundo por obra de Dios.  La venida de Dios no es motivo de angustia y tribulación, sino de alegría y gozo.  Dice el profeta Isaías en la lectura de hoy: Que se alegre el desierto y se cubra de flores, que florezca como el campo de lirios, que se alegre y dé gritos de júbilo.  Fortalezcan las manos cansadas, afiancen las rodillas vacilantes.  Jesús por eso lo remite a sus obras.  Vayan a contar a Juan lo que están viendo y oyendo: los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios de la lepra, los sordos oyen, los muertos resucitan y a los pobres se les anuncia el Evangelio.  Dichoso aquel que no se sienta defraudado por mí.  Es como si Jesús dijera: la salvación no tiene como objetivo central la condena de los malvados, sino rehabilitación de la humanidad y de la creación entera.  La salvación ya comienza a realizarse con mi presencia que trae esperanza donde hay frustración, que trae salud donde hay enfermedad, que trae perdón donde hay deuda y pecado, que trae dignidad donde hay pobreza, que trae cercanía donde hay exclusión.  La salvación no es solo la que se realiza en plenitud al final de los tiempos.  La salvación se adelanta en el tiempo y se vuelve alcanzable, hasta por los más humildes y desvalidos.

En el mundo abundan los hombres y mujeres abandonados, excluidos, enfermos, sufrientes de todo género de pobreza y aflicción.  Una gran variedad de teorías y políticas económicas y sociales, de diverso signo y tendencia, los tienen en la mira y tienen el propósito de sacarlos de la exclusión y la indigencia.  Pero, ¿es esa su salvación?  Sacar a personas de la pobreza, la exclusión y la indigencia, con dignidad y libertad, es sin duda un logro humanitario y social cuando se alcanza.  Debe ser el objetivo de toda política digna del hombre y del nombre.  Pero esa no es todavía la salvación.

La salvación es la visión de Dios, la presencia de Dios.  He aquí que su Dios, vengador y justiciero, viene ya para salvarlos.  Se iluminarán entonces los ojos de los ciegos y los oídos de los sordos se abrirán.  La pena y la aflicción habrán terminado.  La salvación comienza en la cercanía y el amor de Dios que da sentido y sostiene a cada persona manifestándole su dignidad y vocación.  Los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen y los muertos resucitan no sólo a través de milagros que reviertan su situación.  Por lo demás los milagros para revertir físicamente situaciones de este tipo no son el instrumento habitual de la evangelización.  Pero la compasión que toma en cuenta a los ciegos, a los cojos, a los leprosos y excluidos, la cercanía que los acoge, la mirada que los identifica, la palabra que los reconoce y el abrazo que los incluye, producen cambios y transformaciones más radicales y salvadores que los esfuerzos por implementar programas muchas veces anónimos y genéricos para sacarlos de su indigencia y enfermedad.  Esta es la otra cercanía del adviento; esta es la alegría del mensaje evangélico; ese es el testimonio de que Dios quiere otra realidad y destino para la humanidad.

La Palabra de Dios nos invita hoy a ser agentes de la cercanía y de la alegría de Dios.  No se trata de hacer gestos dramáticos, de esos que salen en la prensa.  Todos tenemos cerca personas pobres, enfermas, excluidas, solas, tristes, afligidas, desesperadas y que viven en situaciones de especial condición.  La mayor parte de las veces está fuera de nuestro alcance revertir o cambiar su situación.  Pero no está fuera de nuestro alcance acercarnos, hacerles ver que cuentan, mostrarles que valen para Dios y para nosotros.  Eso es ser mensajeros de la alegría de la cercanía de Dios.  Eso es anunciar la llegada del Señor, ya desde ahora.  El Señor hará el resto cuando él lo determine.  Nosotros seremos sus mensajeros cuando lo hagamos.  Nos haremos así agentes de la alegría de Dios.

                 
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