Homilía Dominical

Domingo 5° Ordinario

 

Jesús pide hoy a quienes somos sus discípulos, que seamos sal de la tierra y luz del mundo.  Sorprende que Jesús llame a sus discípulos luz del mundo, pues ese título se le atribuye principalmente al mismo Jesús, que es luz de las naciones.  Seguramente la luz con la que brillan los discípulos es una luz derivada, una luz reflejada.  Los discípulos somos luz en la medida en que reflejamos la de Jesús, en la medida en que unidos a Jesús tenemos sus mismas actitudes, actuamos de modo semejante. 

La luz con que los discípulos de Jesús iluminan el mundo no es tampoco una luz que atraiga la atención sobre ellos mismos.  Los discípulos deben brillar con sus obras ante los hombres, para que viendo las buenas obras que ustedes hacen, den gloria a su Padre, que está en los cielos.  Así como Jesús remitía toda su obra al mandato del Padre, de igual modo y en unión con Jesús, los discípulos de Jesús hacemos las obras de Jesús para que todos dirijan la mirada, el pensamiento y el deseo hacia Dios, el Padre del cielo y le den gloria.

 

La imagen de la sal que Jesús también aplica a sus discípulos es menos frecuente en la Escritura.  La sal da sabor a las comidas y cuando se aplica a los alimentos, sobre todo a las carnes para conservarlas, impide la descomposición.  La sal da sabor e impide la corrupción.  A partir de estas dos funciones prácticas de la sal, la predicación y la catequesis han desarrollado la misión de los cristianos en el mundo: dar al mundo sabor de Reino de Dios y librar al mundo de la corrupción del pecado y de la muerte por la acción del Espíritu Santo.  Nuevamente la misión del cristiano en cuanto sal es posible en la medida en que los discípulos de Jesús estemos unidos a él y seamos instrumento de la acción de Dios en el mundo.  Somos sal en la medida en que estemos unidos a Dios y a Jesús.  Perdemos el sabor de sal cuando ya no tenemos en nuestras acciones el sabor de Dios, el testimonio del Reino, la fuerza de la santidad.  La acción puede que sea buena y beneficiosa, pero si no remite a Dios, ya ha perdido su sabor, según lo piensa Jesús.  La bondad puramente secular, que no remite a Dios sino que remite simplemente al hombre y sirve para la propia promoción, no es la que Jesús tiene en mente.

Luego viene la siguiente pregunta.  ¿Cuáles son las obras que iluminan?  Las metáforas e imágenes de la luz, en nuestra cultura, están asociadas normalmente a la sabiduría, a la enseñanza, al esclarecimiento intelectual.  Sin embargo, hoy la Iglesia nos lleva por otro camino.  La lectura del Antiguo Testamento que complementa este pasaje evangélico nos señala que se hace la luz cuando nos apiadamos del pobre y del indigente.  Comparte tu pan con el hambriento, abre tu casa al pobre sin techo, viste al desnudo y no des la espalda a tu propio hermano.  Entonces surgirá tu luz como la aurora.  Cuando renuncies a oprimir a los demás y destierres de ti el gesto amenazador y la palabra ofensiva, brillará tu luz en las tinieblas.  Jesús vino a traer luz en cuanto que él iluminó las tinieblas de la muerte, la oscuridad del pecado y la sombra de la pobreza y la enfermedad que oculta la dignidad de las personas.  Jesús ha iluminado y los discípulos de Jesús podemos iluminar no desde la fuerza, el poder o la riqueza, sino desde la misericordia, la pobreza y la bondad.

La misericordia de Dios y de Jesús lo llevó a iluminar con la esperanza las situaciones de dolor, de sufrimiento y de enfermedad del hombre.  La pobreza de Dios y de Jesús lo llevó a mostrarse no desde el poder y la fuerza, sino desde la humildad y la sencillez.  La bondad de Dios y de Jesús lo condujo a acoger al marginado, a acercarse al pecador, a buscar al extraviado.  Estas maneras de actuar de Dios y de Jesús iluminan porque redimen; alumbran porque abren horizontes de esperanza donde se creía que no había salida.  Es así como nos pide Jesús que actuemos también nosotros.

El papa Francisco acaba de publicar su Mensaje de Cuaresma, para la que todavía faltan tres semanas y media.  Titula su mensaje sirviéndose de un texto de san Pablo que declara que Jesús se hizo pobre para enriquecernos con su pobreza.  Es oportuno compartir hoy algunas de las ideas del Papa en este Mensaje de Cuaresma, porque van en sintonía con la enseñanza de la Palabra de Dios hoy.  Escribe el Papa:

El Hijo de Dios se hace pobre encarnándose, haciéndose uno como nosotros, para salvarnos, no desde arriba, como quien deja caer un regalo a los que están abajo, sino que nos enriquece con su pobreza, porque nos salva despojándose de sus prerrogativas divinas y asumiendo sobre sí el destino de sufrimiento, dolor y muerte de la humanidad.  Así abre un camino de luz en medio de las tinieblas. 

En segundo lugar, el Hijo de Dios se muestra pobre porque vive de su confianza en Dios.  Jesús no vive desde la autosuficiencia del rico, sino desde la dependencia del pobre.  Vive para cumplir la voluntad de Dios. Dios sigue salvando a través de la pobreza.  Es decir, su salvación no se realiza a través de los múltiples recursos humanos, —financiamiento, proyectos, planes, organigramas— que nos harían creer que somos nosotros, y no Dios, quien trae la salvación.  Dios sigue salvando cuando dejamos y pedimos que sea él quien actúe a través de nosotros.  San Pablo, en la segunda lectura de hoy da testimonio de un ministerio ejercido desde la pobreza cuando dice: Me presenté ante ustedes débil y temblando de miedo.  Cuando les hablé y les prediqué el Evangelio, no quise convencerlos con palabras de hombre sabio; al contrario, los convencí por medio del Espíritu y del poder de Dios, a fin de que la fe de ustedes dependiera del poder de Dios y no de la sabiduría de los hombres.

El Papa distingue entre la pobreza, que es siempre necesaria y es una virtud cristiana, y la miseria que hay que eliminar.  Identifica tres miserias: la material, como la carencia de alimento, vivienda, salud, educación, derechos; la miseria moral, como la esclavitud a las drogas, a la pornografía, a la violencia, a la mentira, la vida sin sentido y sin rumbo, la falta de trabajo y de dignidad; la miseria espiritual, que es la autosuficiencia del que prescinde de Dios y vive de espaldas a Dios.  La miseria material exige la ayuda, el auxilio, la solidaridad de todos.  El Papa no lo menciona, pero habría que añadir la necesidad de crear situaciones que permitan a los pobres salir de su miseria y participar en la creación de riqueza a través del trabajo y el emprendimiento personal.  Para la miseria moral y espiritual el Papa propone la necesidad de anunciar el Evangelio.  “Es hermoso experimentar la alegría de extender esta buena nueva, de compartir el tesoro que se nos ha confiado, para consolar los corazones afligidos y dar esperanza a tantos hermanos y hermanas sumidos en el vacío”.  De este modo llegaremos a ser luz del mundo y sal de la tierra.  El Señor nos dé su gracia y su fuerza para vivir como Él nos pide.

                 
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