Homilía Dominical

Domingo VI

 

Domingo 6° Ordinario

 

 

 

Vamos a comenzar hoy nuestra meditación a partir del pasaje de san Pablo que hemos escuchado en la segunda lectura.  Pablo asegura que el mensaje que él anuncia y predica es una sabiduría divina, misteriosa, que ha permanecido oculta y que fue prevista por Dios desde antes de los siglos, para conducirnos a la gloria.  Ninguno de los que dominan este mundo la conoció.  Es una sabiduría oculta a los poderosos y autosuficientes.

 Y cuando san Pablo dice estas cosas, nos acordamos que también Jesús daba gracias al Padre diciendo: Yo te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y prudentes, y se las has dado a conocer a los sencillos (Mt 11,25).  Y también en una ocasión decía a sus discípulos: A ustedes Dios les concede conocer los misterios de reino de los cielos, pero a ellos no (Mt 13,11).  La Escritura da testimonio, pues, de que el Evangelio implica un conocimiento que pueden obtener los sencillos, los humildes, pero que queda oculto a los de corazón altanero.  Es un conocimiento que es un don, un regalo.  Pues san Pablo añade: A nosotros, en cambio, Dios nos lo ha revelado por el Espíritu que conoce perfectamente todo, hasta lo más profundo de Dios.

 ¿Qué conocimiento es ese que los poderosos, los orgullosos, los soberbios no pueden obtener?  Poco antes de escribir estas palabras, Pablo había dicho que su predicación no se basaba en la elocuencia y la sabiduría humana, sino que predicaba a Cristo crucificado y lo hacía desde su propia debilidad e indigencia.  La sabiduría de la que Pablo habla no es tanto un conocimiento, sino una manera de vivir.  Esta sabiduría se oculta a los poderosos y altaneros mientras actúen desde el poder y la soberbia, porque la sabiduría de la que habla san Pablo es el modo de vida que fue propio de Jesús, humilde, obediente, misericordioso con el prójimo y fiel a Dios.  La sabiduría de la que habla Jesús y de la que habla san Pablo es el modo alternativo de plantearse la vida.  Un modo que es distinto al que impera y rige en este mundo donde se admira el poder, la riqueza, la fuerza y la prepotencia.  Es la sabiduría del que sabe que su vida tiene consistencia desde Dios y por eso vive en total referencia a Dios.

 

Esta es la relación de gracia que hace posible que se realice lo que dice la primera lectura: Si tú lo quieres, puedes guardar los mandamientos; permanecer fiel a ellos es cosa tuya.  El Señor ha puesto delante de ti fuego y agua; extiende la mano a lo que quieras.  Sí, la libertad para elegir el bien, para obedecer los mandamientos, para vivir en justicia es posible para aquel cuya mente está puesta en Dios, cuyo corazón palpita por Él.  El que se sabe amado y ama a quien lo ama busca siempre complacer al amado, a la amada.  Hacer lo que Dios manda, cumplir lo que Dios quiere es fácil cuando estamos movidos por su amor, cuando nuestra obediencia es respuesta de amor a Él hacia nosotros.  De otro modo los mandamientos son una carga pesada, un yugo que oprime, una exigencia de puro deber.  Pero cuando amamos a Dios, los mandamientos son fáciles de cumplir, y nos sentimos impulsados a hacer lo máximo y a no quedarnos con lo mínimo.

 

Así se entiende la enseñanza de Jesús en el evangelio de hoy.  Jesús dice: no he venido a abolir la ley o los profetas; no he venido a abolirlos, sino a darles plenitud.  Los mandamientos, sobre todo los Diez Mandamientos, están redactados en forma negativa: No matarás, no cometerás adulterio, no darás falso testimonio.  Uno puede hacer una lectura mezquina de esos mandamientos y decir: “no mato a mi enemigo, pero no me prohíben herirlo o maltratarlo.  No cometo adulterio, pero no me prohíben la pornografía, el juego erótico.  No doy falso testimonio, pero me las ingenio para no decir tampoco la verdad”.  Jesús nos invita a darle la vuelta a los mandamientos, nos invita a entenderlos no desde lo mínimo que nos prohíben sino desde lo máximo al que nos convocan.  Jesús no ha venido a abolir los mandamientos sino a cambiar el modo de cumplirlos: no por lo mínimo que nos prohíben, sino por lo máximo al que nos orientan.

 

El mandamiento dice no matarás.  Pero el discípulo de Jesús le da la vuelta al mandamiento y por eso promueve la vida, la dignidad y la integridad propia y la de su prójimo.  El mandamiento dice no cometerás adulterio.  Pero el discípulo de Jesús promueve la institución de la familia, construye familias integradas, vive su propia sexualidad desde criterios que la humanizan y dignifican.  El mandamiento dice no darás falso testimonio en el tribunal.  Pero el discípulo de Jesús no solo evita el falso testimonio en el tribunal, sino que dice la verdad siempre, con o sin juramento de por medio, incluso cuando la verdad lo perjudica.  El mandamiento dice no robarás.  Pero el discípulo de Jesús no solo se abstiene de robar, sino que trabaja para ganarse el pan, promueve condiciones en que todos tengan trabajo, es generoso con quien está necesitado.  El mandamiento dice no codiciarás los bienes ajenos.  Pero el discípulo de Jesús no codicia los bienes ajenos, sino que se contenta con tener lo necesario para vivir con austeridad y sobriedad.  El discípulo de Jesús ama a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a sí mismo.  Entender los mandamientos desde lo máximo a lo que nos convocan en vez de entenderlos desde lo mínimo que nos exigen es una dimensión de la gran sabiduría del Evangelio, que solo los humildes acatan, que sólo los obedientes comprenden, que sólo los que aman a Dios cumplen de corazón.

 

Por eso la oración del salmista es también la oración del que es sabio según Dios: Muéstrame, Señor, el camino de tus leyes y yo lo seguiré con cuidado.  Enséñame a cumplir tu voluntad y a guardarla de todo corazón.  Amén.

 

                 
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