Homilía Dominical

Domingo VII

Domingo 7° Ordinario

 

Hoy la Palabra de Dios nos confronta con el mandamiento más radical y propio de Jesús: Amen a sus enemigos, hagan el bien a los que los odian y rueguen por los que los persiguen y calumnian.  Esto no es solo pacifismo al extremo; esto es acción que corta de raíz el odio, el rencor y la venganza y siembra bondad, perdón y gracia.  El pacifista simplemente no reacciona con otro mal al mal que ha sufrido; se abstiene de actuar.  Jesús pide más.  Pide hacer el bien, rogar, amar; pide hacer acciones de signo contrario al daño sufrido.  Jesús tiene otro mandamiento, que él mismo llama el primero de todos: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu mente, con todas tus fuerzas y a tu prójimo como a ti mismo.  Normalmente pensamos que ese es el mandamiento que identifica a los seguidores de Jesús.  Y sin duda esto es así.  Pero la forma más radical, exigente y ardua de cumplir ese mandamiento es cuando el prójimo al que hay que amar es el enemigo, el que te odia y el adversario que te persigue y calumnia.

 

No se nos debe escapar tampoco la motivación teológica que sostiene ese mandamiento: para que sean hijos de su Padre celestial, que hace salir su sol sobre los buenos y los malos, y manda su lluvia sobre los justos y los injustos.  Dios tiene un modo de actuar que va más allá de la justicia que retribuye a cada uno lo que merece.  Dios actúa con misericordia y compasión, y de este modo, supera la justicia que conduciría inevitablemente al castigo inexorable del pecador.  Con su perdón, Dios introduce en sus relaciones con los hombres una dinámica constructiva que tiene el potencial de revertir la fuerza destructiva del odio, del rencor y la venganza.  Jesús nos invita a comportarnos como hijos de nuestro Padre del cielo.  Nos pide que seamos agentes que, con las buenas acciones a favor de quien actúa como nuestro adversario, introduzcamos también nosotros en nuestros ámbitos de acción la fuerza regeneradora del perdón que supera la venganza, del favor que pone alto al furor del rencor, de la acción constructiva del amor que apaga la fuerza destructiva del odio.

 

Pensamos que esto suena bonito, pero que no es práctico.  Concluimos que si este patrón de conducta se elevara a criterio para el ordenamiento de las relaciones sociales, estaríamos abriendo las compuertas a la impunidad y a la dominación del más fuerte.  Pero no es cierto.

La sociedad debe regirse por la justicia.  El sistema judicial tiene la obligación de perseguir a los culpables de crímenes y delitos, demostrar su responsabilidad en el juicio y obligarlos a asumir sobre sí, en forma de pena, parte del mal que infligieron a la sociedad por el delito cometido.  Pero incluso la justicia tiene prácticas lenitivas, sin duda de inspiración cristiana, tales como la conmutación o la reducción de penas.  El sistema de justicia conoce también el indulto y la amnistía.  Tradicionalmente los otorgaba el jefe de Estado en los países cristianos en caso de la pena de muerte, conmutándola por la sanción inmediatamente inferior.  Se mostraba de ese modo el respeto que se debe a la vida humana y a la dignidad de la persona, aunque fuera un criminal.  También se otorgaban indultos a los reos con penas leves o que estaban a punto de cumplir su sentencia con ocasión de alguna celebración civil o religiosa singular.  En la sociedad donde prevalecían los principios cristianos, estos eran modos de manifestar que más allá de la justicia está la gracia que humaniza y el perdón que libera, también en el ámbito del ordenamiento legal.

Lo que Jesús propone no se opone a la búsqueda de la justicia contra quien ha cometido un delito.  Para el cristiano, el recurso a las instituciones de justicia contra la persona que ha cometido un delito no puede estar movida por la sed de venganza, sino por el propósito de proteger la comunidad, para que el crimen no se convierta en regla de vida.  El amor a los enemigos no puede significar impunidad para los crímenes y delitos graves.  Pero sí puede significar el empeño para que el proceso se atenga a la verdad, sea ecuánime, y busque no solo que el reo la pague, sino que se regenere.

Pero también cuando los daños y perjuicios más leves siembran discordias y enemistades en las relaciones entre las personas, el amor a los enemigos implica la renuncia a la venganza, la iniciativa para contener la difusión del rencor, y el empeño en hacer de la ocasión de daño oportunidad de fraternidad.  No es algo fácil.  Pero son la actitud y la acción que nos elevan más allá de la justicia para abrir el ámbito de la gracia que humaniza, porque nos asemeja a Dios misericordioso.

Ustedes sean perfectos como su Padre celestial es perfecto concluye Jesús.  En el libro del Levítico Dios había dicho lo mismo de otra manera, como hemos leído en la primera lectura: Sean santos, porque yo, el Señor, soy santo.  Dios es Dios porque es santo y perfecto.  Al Dios santo o perfecto no le falta nada, tiene la plenitud del ser, del amor, de la gloria, de la vida.  Esta plenitud de vida se muestra en la capacidad de dar vida, de perdonar para parar la fuerza destructiva del mal.  Por eso la consecuencia es el mandamiento: no odies a tu hermano ni en lo secreto de tu corazón.  No te vengues ni guardes rencor a los hijos de tu pueblo.

A medida que nos descristianizamos y nuestra sociedad se vuelve más secular estos conceptos nos parecen debilidad y mojigatería.  El empeño con el que algunos entre nosotros defienden la pena de muerte, a veces con citas del Antiguo Testamento sin iluminarlo desde el Nuevo Testamento, es un signo de cómo se abandona el Evangelio de Jesús por un modo de actuar al que todavía le falta la gracia de Cristo.  La sociedad en la que todo el mundo reclama derechos, en la que queremos que todo esté reglamentado y en la que no hay espacios para la gratuidad parece más moderna, pero es más inhumana porque se parece menos al modo de ser de Dios.  Por eso este mandamiento de Jesús de amar a los enemigos nos coloca frente a una tarea propia de la nueva evangelización.  La de actuar de un modo distinto, gratuito, con criterios que superan la justicia, para introducir en el entramado de la vida la misericordia de Dios.

                 
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