Homilía Dominical

Domingo 8° Ordinario

 

Jesús nos invita hoy a la alegría de la confianza absoluta en Dios.  Nos llama a vivir de acuerdo al estilo de vida que él vivió en plenitud.  Nos convoca a vivir de un modo diferente a la manera como se plantean la vida los que viven al margen de Dios. Por eso nos dice Jesús: No pueden ustedes servir a Dios y al dinero.  En esta frase de Jesús se oye el eco del primer mandamiento: No tendrás otro Dios fuera de mí (Ex 20,3).  El dinero se puede convertir dios rival del Dios verdadero.

 

Pero no solo el dinero.  Son muchas las realidades de este mundo que nos cautivan, nos seducen, en las que buscamos seguridad, a las que dedicamos nuestros esfuerzos.  El dinero y la riqueza son los que más seducen.  Pero también el poder es un dios rival.  La fama, el placer sin límites, y el mismo ego de cada uno son realidades a las que nos agarramos creyendo encontrar en ellas la consistencia de vida.  En nuestra cultura posmoderna, en la que hemos renunciado a la mirada de largo alcance para detenernos en la satisfacción efímera y fugaz del presente, la sentencia de Jesús puede adquirir todavía otro significado.  Jesús podría decirnos: “si se detienen ustedes en la satisfacción del momento, en el placer del instante, en el aplauso del día, no serán capaces nunca de vislumbrar al Dios eterno, no podrán conocerlo, ni servirlo ni adorarlo”.

 

Alguien se puede preguntar: ¿qué interés podemos tener en conocer, servir y adorar a Dios?  Tenemos todo el interés, porque en ello nos va la vida.  Estamos hechos de tal manera que nuestra mente, nuestros sentimientos, nuestra conciencia encuentran sosiego solamente en la solidez, la belleza, la bondad y la plenitud del mismo Dios.  Pero al tratar con Él debemos considerarlo Dios.  Él es único y no lo tratamos como es debido si lo consideramos uno más, uno entre otros; si buscamos en otras realidades de este mundo lo que solo Él nos puede dar.  Este es uno de los sentidos profundos del primer mandamiento: No tendrás otro Dios fuera de mí.  En primer lugar porque no hay otro Dios, es decir, no hay otras realidades que puedan colmar nuestra búsqueda y en segundo lugar porque nos desconocemos a nosotros mismos, si pensamos que necesitamos de otras realidades junto a Dios para alcanzar la plenitud que buscamos.  La otra forma en que se expresa el primer mandamiento lo deja igualmente claro: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas (Dt 6,5).  Es decir, no puedes dividir tu corazón, tu alma o tus fuerzas entre diversas realidades, una de las cuales es Dios.  Eso es desconocer la grandeza de Dios, pues es rebajarlo a paridad con otras cosas que no son Dios.  Y también es desconocer la magnitud de la búsqueda del corazón y de la mente humana pensar que otras realidades a la par de Dios puedan darle quietud y plenitud.  A Dios y solo Dios hay que amar con todo lo que somos, porque solo Él es nuestro creador y nuestra vida.

De allí pasa Jesús a considerar algunas necesidades humanas básicas, que si no satisfacemos, morimos.  La comida, la bebida y el vestido.  Son necesidades que se ven, que se palpan.  No son las únicas.  Está también la necesidad de salud, de educación, de vivienda; la necesidad de trabajo e ingreso.  Son necesidades que afectan a un sinnúmero de personas, con frecuencia en grado mortal.  A veces esas necesidades visibles son tan grandes que pensamos que esas son las únicas necesidades reales del ser humano.  Pero la verdad es que sin disminuir en nada importancia de satisfacer estas necesidades visibles, la necesidad invisible de encontrarle sentido y consistencia a la vida se satisface sólo desde la conciencia de que Dios nos conoce y nos ama.  Porque no solo de pan vive el hombre, sino de todo lo que sale de la boca del Señor (Dt 8,3).

Jesús por eso nos enseña a despreocuparnos de esas necesidades materiales.  No se preocupen por su vida, pensando qué comerán o con qué se vestirán.  Esa frase hay que entenderla en sus variados significados.  Por una parte, para los que tienen abundancia de bienes materiales, Jesús advierte que no es en ellos donde van a encontrar el sentido y plenitud de su vida.  Para esas personas, ese sería el fundamento espiritual para desarrollar la responsabilidad de poner los bienes que se poseen como propios al servicio de su destino universal.  Para los que quieren ayudar a alcanzar el desarrollo humano a los que no tienen qué comer o qué vestir, Jesús señala que no sólo hay que satisfacer las necesidades temporales, sino también las que se refieren a Dios y su presencia en nuestras vidas.  Y a quienes son pobres que logran satisfacer con modestia y sobriedad sus necesidades temporales, Jesús los invita a fijar su mirada, no en ser ricos en bienes temporales, sino ser ricos en el amor a Dios.  ¿Acaso no vale más la vida que el alimento, y el cuerpo más que el vestido?

Jesús también nos introduce a otro rasgo de nuestra relación con Dios.  No solo nosotros buscamos a Dios.  Él también nos busca a nosotros, se preocupa por nosotros.  Si Dios viste así a la hierba del campo, que hoy florece y mañana es echada al horno, ¿no hará mucho más por ustedes, hombres de poca fe?  Los que no conocen a Dios se desviven por todas estas cosas: ¿qué comeremos o que beberemos o con qué nos vestiremos?  Pero el Padre celestial ya sabe que ustedes tienen necesidad de ellas.  Dios tiene por nosotros un amor más grande incluso que el de una madre.  Este es el mensaje central del evangelio.  En palabras del papa Francisco: “En este núcleo fundamental lo que resplandece es la belleza de amor salvífico de Dios manifestado en Jesucristo muerto y resucitado” (Evangelii gaudium, 36).  O como dice Dios a través del profeta Isaías: Aunque hubiera una madre que se olvidara del hijo de sus entrañas, yo nunca me olvidaré de ti.

Esta es la gran alegría de los que creemos, esta es nuestra gran esperanza, este es el suelo firme que nos sostiene: el amor inquebrantable de Dios, que no se apaga ni siquiera con el pecado humano, sino que lo vence con el perdón.  Por eso no nos queda más que recitar con confianza y alegría las palabras del salmo responsorial del día de hoy: Solo en Dios he puesto mi confianza, porque de él vendrá el bien que espero.  Solo Dios es mi esperanza; mi confianza es el Señor.  De Dios viene mi salvación y mi gloria; él es mi roca firme y mi refugio.

                 
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