Homilía Dominical

Cuaresma II

Domingo 2° de Cuaresma

 

La liturgia de la misa de este segundo domingo de cuaresma nos presenta en primer lugar la figura de Abraham, el patriarca por antonomasia.  Es el padre de la fe, venerado por judíos, musulmanes y cristianos.  Abraham es el hombre que camina siguiendo la llamada de Dios.  Camina no sólo desplazándose de su patria a la tierra de Canaán; camina también adentrándose en un futuro que se le ofrece como promesa de Dios.  Es un futuro humanamente imposible, pues se le promete una descendencia cuando ya pasó la edad de la fecundidad.  La figura de Abraham se nos propone como modelo de fe y confianza en Dios.  Nosotros también caminamos guiados por una promesa divina, humanamente imposible: caminamos hacia una vida más allá de la muerte, hacia una promesa de plenitud a través de la experiencia de la aniquilación de la muerte.

La liturgia nos presenta también hoy a Jesús transfigurado.  Es un anticipo de la resurrección.  Jesús resucitado nunca se apareció radiante y esplendoroso como cuando se trasfiguró.  En sus apariciones después de la resurrección aparecía como uno más, se confundía con uno más.  Pero en esta manifestación en la cima del monte, ante los tres discípulos más cercanos, les muestra su gloria futura.  El camino de la obediencia, de la humildad, de la pasión que ha iniciado tendrá esa meta.  Pienso que en este segundo domingo de cuaresma, la Iglesia nos ha propuesto desde hace muchos siglos este pasaje con el fin de mostrarnos cuál es el camino de nuestra cuaresma y el camino de nuestra vida.  Tiene también la meta de la gloria, si lo hacemos con Jesús.  La cuaresma se ha comparado con un camino.  Es como el camino de Abraham hacia el futuro prometido por Dios; como el camino de Moisés y el pueblo de Israel a la tierra que mana leche y miel; como el camino de Jesús hacia la gloria de la resurrección través de su pasión, de su testimonio, de su muerte en cruz.

La cuaresma tiene muchas facetas y se vive de muy diversas maneras.  En países de tradición cultural católica como el nuestro, es un tiempo cargado de prácticas y costumbres, algunas de las cuales tienen un vínculo muy superficial y periférico con el núcleo central y medular de este tiempo.  Estas prácticas comienzan ahora y alcanzan su máxima intensidad en los días finales de la Semana Mayor.  ¿Cómo vivimos y caminamos nuestra cuaresma?

En la esfera más externa está la “cuaresma de evasión”.  Es la que practican los que aprovechan los días feriados y el clima cálido, sobre todo durante la Semana Santa, para escapar de todo e ir a la montaña o a la playa.  La “cuaresma periférica” se manifiesta en las ferias que se montan alrededor de las iglesias, donde se venden y se consumen los platillos de ocasión.  Para mucha gente la cuaresma y la semana santa consisten en visitar estas ferias con la familia, ver pasar las procesiones y andas por las calles y quizá visitar alguna iglesia ocasional, con el asombro de quien ingresa un lugar ajeno a la vida de cada día.

En otro nivel muy visible y deslumbrante, se encuentra la “cuaresma de las procesiones”, de las multicolores alfombras de aserrín, de los olores de flor de corozo e incienso, de las marchas fúnebres, de los cucuruchos y de las andas de docenas de brazos que navegan en el mar de gentes por las calles de ciudades y pueblos.  Este es el nivel de la cuaresma del arte y del turismo, que no por eso está exenta de espiritualidad y devoción.  Este es el ámbito de la religiosidad popular que transmite tradiciones que dan identidad.  Para muchas personas estas prácticas han sido el punto de partida para llegar a una experiencia más profunda, significativa y consistente de la fe y de la Iglesia.  A un nivel más interno, más espiritual, menos visible, está la “cuaresma de piedad” de los que practican las devociones propias de la época.  Meditan el camino de la cruz de Cristo los viernes, participan en algún retiro, en alguna charla para motivar mejor la fe, ayunan y hasta cargan en una procesión.  Luego está la “cuaresma litúrgica y sacramental”, propia de quienes dedican tiempo a la lectura y a la meditación de la Palabra de Dios, a la participación más asidua en la eucaristía no solo los domingos, sino a diario.  Es la cuaresma de quienes toman parte en las celebraciones litúrgicas de la Iglesia; de quienes recurren al sacramento de la penitencia para buscar el perdón de Dios, con la mirada puesta en la celebración de la pasión, muerte y resurrección de Jesús en los días grandes de la Semana Santa, en el triduo pascual.  Y en el centro está la “cuaresma medular”.  Es la de quienes realizan el propósito de este tiempo de gracia, que buscan la conversión del corazón para una adhesión más firme a Cristo, para el crecimiento en la caridad, en el servicio al prójimo, en la donación de sí mismo a favor de los hermanos pobres y necesitados.  Es la cuaresma, de quienes caminan hacia la pascua del cielo, y de camino, inciden en la sociedad para hacerla más humana, más incluyente, más parecida al Reino de Dios.  Es la cuaresma como camino de santidad.

Preguntémonos.  ¿Cómo es mi cuaresma?  ¿Me acerco a la cuaresma medular o me mantengo más bien en la periférica?  Que en nuestra mente queden impresas las palabras con que san Pablo le explica a Timoteo el propósito de nuestra fe.  Dios es quien nos ha salvado y nos ha llamado a que le consagremos nuestra vida, no porque lo merecieran nuestras buenas obras, sino porque así lo dispuso él gratuitamente.  Ya desde nuestro bautismo Dios pronunció sobre nosotros su nombre y nos consagró para que le perteneciéramos, para que viviéramos para él.  Quien vive para Dios toma conciencia en la cuaresma de la llamada que Dios le ha hecho, del servicio que Dios le ha pedido a favor de su prójimo, de las responsabilidades que tiene en su familia, en su trabajo, en su comunidad.  En cuaresma refuerza su empeño de responderle a Dios con generosidad, con alegría, para dar testimonio con sus palabras, con sus obras, del gran amor que Dios nos tiene, de su gracia a nuestro favor y de la esperanza que nos anima.  Pues Dios nos lo ha manifestado en la vida, la pasión, la muerte y la resurrección de Cristo Jesús, nuestro salvador, que destruyó la muerte y ha hecho brillar la luz de la vida y de la inmortalidad, por medio del Evangelio.  Que estas palabras nos animen, nos fortalezcan y nos llenen del ánimo y de la alegría de Dios, para que nuestra cuaresma conduzca a un sereno encuentro con Jesús.

                 
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