Homilía Dominical

Cuaresma III

Domingo 3° Cuaresma

 

El evangelio del encuentro de Jesús con la mujer samaritana ha sido lectura propia de este tercer domingo de cuaresma por muchos siglos. 

 

Ahora lo leemos cada tres años.  Varios rasgos de este pasaje nos enseñan actitudes propias del tiempo cuaresmal y de la evangelización.  La mujer llega a buscar agua; tiene sed.  Pero no solo sed que puede calmar el agua del pozo.  Jesús la ayuda a descubrir que ella tiene otra sed más profunda.  Desea el agua viva, el agua que calma toda sed presente y futura.  Es el agua que le ofrece Jesús.  El agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un manantial capaz de dar la vida eterna.  La primera actitud de quien hace el camino de la fe es la de despertar el deseo, despertar la sed de sentido, de plenitud, de consistencia para la propia vida, la sed de Dios y de eternidad.  Hoy tenemos muchas oportunidades de entretenernos en la satisfacción de los pequeños deseos y necesidades cotidianos, olvidándonos del deseo, en singular.  Jesús nos ofrece agua viva.  Pero entretenidos en otras cosas, no nos damos cuenta de que tenemos necesidad de esa agua.  Resulta entonces que Jesús nos ofrece algo que no nos interesa.  Muchos de nuestros contemporáneos ni saben qué es lo que ofrece Jesús y menos todavía saben que tienen una sed, que solo puede calmarse con el agua que ofrece Jesús.  La mujer no ha descubierto todavía esa sed profunda, y le pide a Jesús el agua viva que le ofrece pero con el único propósito de no tener que venir al pozo a buscar agua.

 

Por eso Jesús introduce un nuevo tema.  Jesús entra en la historia y en el corazón de la mujer y le descubre su secreto.  Has tenido cinco maridos y el de ahora no es tu marido.  Muchos ven en esas palabras de Jesús una referencia metafórica a la historia religiosa del pueblo samaritano, al que se acusaba de haber dado culto a cinco dioses extranjeros y de dar culto al Dios de Israel de manera ilegítima.  En la mujer samaritana Jesús pone en evidencia la confusión religiosa de los samaritanos y así la conduce a plantearse la cuestión de Dios.  La primera reacción de la mujer es conocer mejor al desconocido que la conoce tan bien: Señor, ya veo que eres profeta.  La mujer introduce el tema de disputa entre samaritanos y judíos sobre el lugar en que hay que dar culto a Dios, pues la mujer percibe que a eso se refiere Jesús al sacar a la luz el asunto de los cinco maridos.  Jesús entonces la va instruyendo en el conocimiento de Dios; le va enseñando a descubrir el verdadero rostro de Dios más allá de los pleitos teológicos entre judíos y samaritanos.  Se acerca la hora, y ya está aquí, en que los que quieran dar culto verdadero adorarán al Padre en espíritu y en verdad.  Tantas veces las costumbres, las tradiciones, las prácticas religiosas heredadas, que tienen muchos aspectos positivos y buenos, se convierten también por otros motivos en velo que no nos permite ver el rostro verdadero de Dios.  Necesitamos que alguien nos ayude a redescubrirlo.  Las tradiciones y los pleitos entre judíos y samaritanos mantenían fija la atención en algo secundario, el lugar para dar culto a Dios.  La mujer afirma que ese pleito lo va a dirimir el Mesías cuando venga.  Esta es la oportunidad para la declaración cumbre de Jesús: Soy yo, el que habla contigo.  Jesús le descubre a la mujer que no es asunto de lugar, sino de actitud: Dios es espíritu, y los que lo adoran deben hacerlo en espíritu y en verdad.  ¿Cómo se adora a Dios en espíritu y en verdad?  Jesús sin duda está apuntando al nuevo templo que es él mismo, al nuevo culto que es la fe en el Hijo de Dios.  Adorar a Dios en espíritu y en verdad sería adorarlo con Jesús, la verdad, y sostenidos por el Espíritu Santo. 

De todas formas la mujer reacciona para comunicar el gran descubrimiento del Mesías esperado.  Deja el cántaro y corre a anunciar a sus paisanos el descubrimiento: Vengan a ver a un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho.  ¿No será éste el Mesías?  Y el evangelista incluso afirma que muchos samaritanos de aquel poblado creyeron en Jesús por el testimonio de la mujer: ‘Me dijo todo lo que he hecho’.  La mujer se sintió tocada en su interior por Jesús cuando Jesús puso ante sus ojos su historia con una breve frase.  ¿Habría dolor, habría vergüenza, habría temor, habría tristeza y sufrimiento en el corazón de esa mujer?  ¿Por qué el hecho de que Jesús pusiera ante sus ojos su historia fue para ella motivo para iniciar el camino de su fe en Jesús? 

Los paisanos de la mujer se pusieron en camino para ir a ver al hombre extraordinario.  La mujer que ha descubierto al Mesías y con el Mesías el verdadero rostro de Dios es capaz de dar testimonio ante sus paisanos para llevarlos a Jesús.  Ese es el fundamento de la nueva evangelización que se nos pide: que descubramos nosotros en el encuentro con Jesús el verdadero rostro de Dios, su amor por nosotros, y sostenidos por ese descubrimiento que da sentido y vida nos volvamos testigos que conduzcan a otros conocer a Jesús y al Padre Dios.  Muchos samaritanos —afirma el evangelista— creyeron en Jesús por el testimonio de la mujer.  Jesús se quedó con ellos dos días y el trato directo con él los llevó a la fe: Ya no creemos por lo que tú nos has contado —dicen a la mujer— pues nosotros mismos lo hemos oído y sabemos que él es, de veras, el salvador del mundo.

Hay tres etapas en el crecimiento de la fe de la mujer: Primero Jesús conduce a la mujer para que descubra que hay otra sed más grande que la del agua de cada día, y que Jesús tiene el agua viva que la puede calmar.  En segundo lugar, Jesús lleva a la mujer a superar los pleitos que le ocultaban el verdadero rostro de Dios y que él es el Mesías que Dios ha enviado.  En tercer lugar, la mujer se convierte en testigo de Jesús, lo anuncia a sus paisanos, que creen en Jesús no solo por su testimonio, sino porque lo han oído y tratado y han descubierto en él al salvador del mundo.  Jesús en efecto ha venido a descubrirnos el rostro verdadero de Dios, el rostro del amor de Dios.  Muchas veces queda oculto detrás de las ideas equivocadas sobre Dios que han contaminado nuestro pensamiento.  Pero el rostro de Dios es el de su amor por nosotros, que Jesús ha venido a revelar: la prueba de que Dios nos ama está en que Cristo murió por nosotros, cuando aún éramos pecadores.  Que nuestro camino cuaresmal nos conduzca a renovar y a redescubrir el amor de Dios a través del testimonio de Jesús, para renovar así nuestra fe en Él y nuestro camino hacia Él.

                 
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