Homilía Dominical

Domingo 2° Ordinario

 

En este segundo domingo del tiempo ordinario la liturgia es una especie de eco de la fiesta del bautismo del Señor.  Ahora ya no es la voz del cielo que proclama a Jesús Hijo de Dios. 


En este domingo es Juan el Bautista quien lo presenta con un título nuevo a sus discípulos: Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo.  Con estas palabras el Bautista, con voz profética, nos remite hacia adelante en el tiempo, a la escena de la pasión, a la contemplación de Jesús Crucificado.  Al llamar a Jesús Cordero de Dios, Juan el Bautista se refiere a lo que nos cuenta el evangelista san Juan.  San Juan nos informa claramente que Jesús murió en la cruz a la misma hora en que los sacerdotes del Templo de Jerusalén sacrificaban los corderos para la celebración de la Pascua. De muchas maneras nos indica que Jesús es el Cordero pascual al que no le quebraron ningún hueso (19,36) y que su muerte ocurrió el día de la preparación de la pascua (19,31).  Esos corderos que se sacrificaban en el Templo eran simplemente símbolo, anticipo, imagen de Jesucristo.  Dios tenía reservado su cordero para inmolarlo el día de la Pascua definitiva; un cordero único, cuyo sacrificio no se debía repetir año con año, sino que con la única ofrenda de su vida realizaba la liberación del pueblo de Dios.  La sangre de este Cordero de Dios sí que tenía capacidad no tanto de tapar o cubrir los pecados, sino de lavarlos, quitarlos, limpiarlos del todo; la sangre de ese Cordero no solo prevenía la muerte, sino que rescataba a los que mueren creyendo en él.  Este Cordero, que no solo murió, sino que también resucitó, abrió para nosotros un camino a través de la muerte para que alcancemos la vida eterna. 

En este día en que se celebra la fiesta del Santo Cristo de Esquipulas, aunque no celebremos la misa propia por caer en domingo, sí hacemos memoria de su misericordia.  Él es el Cordero de Dios, cuya inmolación quitó nuestros pecados y nos liberó de la muerte para que tengamos vida eterna.  El Santo Cristo de Esquipulas es imagen venerada porque nos habla del sacrificio de Cristo, de la misericordia de Dios.  En la Basílica de Esquipulas los peregrinos encuentran en primer lugar perdón de los pecados en el sacramento de la reconciliación.  Luego, en la participación en la santa misa, los peregrinos se unen al sacrificio de Cristo, al ofrecer sus penas y angustias, sus dolores y sufrimientos, sus esperanzas y sus alegrías y al recibir el Cuerpo de Cristo, como medio eficaz de unión con Él.  Finalmente durante la visita a la imagen del Crucificado, la que la oración personal, el afecto y la piedad que surgen del corazón nos unen cordialmente a Cristo y nos permiten sentir que su mirada misericordiosa se fija personalmente en cada uno para confirmarnos en su amor.

Juan el Bautista además da otro testimonio acerca de Jesús.  Él no es un profeta más, un enviado más de entre los muchos que Dios envió a lo largo de los siglos.  Es uno que es más grande que Juan.  El que viene después de mí, tiene precedencia sobre mí, porque ya existía antes que yo.  Juan dice que él no lo conocía; lo llegó a reconocer cuando vio que el Espíritu Santo bajaba sobre Jesús durante su bautismo.  Y en ese momento reconoció que Jesús es el Hijo de Dios.  Doy testimonio de que este es el Hijo de Dios.  Con ese testimonio, Juan el Bautista nos introduce en la identidad profunda de Jesús. 

Reconocer a Jesús como Hijo de Dios, y por consiguiente, poner nuestra fe en Él, es lo mismo que decidir entender el sentido de nuestra vida a la luz de la propuesta que nos hace Jesús.  Él nos habla y es testigo en primer lugar del gran amor de Dios hacia nosotros.  Dios nos ha creado para compartir su vida con nosotros.  La abundancia de su amor desborda hacia fuera de sí mismo, hacia “fuera” de Dios, para crear el mundo y a la humanidad y llamar a los hombres a ser santos como él es santo.  Jesús nos dice que ha sido enviado para reconducirnos al propósito original de Dios, pues nosotros nos hemos dejado arrastrar por nuestros pecados para apartarnos de Dios e irnos lejos de Él.  Jesús nos ha enseñado a amar a nuestro prójimo como hemos sido nosotros amados por Dios y a amar también a Dios cumpliendo siempre su voluntad.  Jesús nos ha comunicado su Espíritu para santificarnos y hacernos compartir desde ahora y para siempre la vida divina.  Eso implica creer en Dios

Hoy hemos repetido en el salmo responsorial la frase aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad.  Esa frase la dijo primero Jesús; nosotros nos apropiamos de la frase solamente identificándonos con Jesús.  Cristo es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo porque fue obediente a Dios hasta la muerte y una muerte de cruz (Flp 2,8).  Y el salmo continúa: En tus libros se me ordena hacer tu voluntad: esto es, Señor, lo que deseo: tu ley en medio de mi corazón.  Nuestra devoción al Santo Cristo de Esquipulas, que es amor a Jesucristo el Señor (no son dos realidades distintas), debe consistir sobre todo en tener las mismas actitudes de obediencia, de misericordia, de fidelidad y perseverancia que tuvo Jesús.  Esto es grato a Dios y será también para nosotros el camino de nuestra salvación.

                 
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